
A 50 años del golpe: huesos de clandestinidad en Avellaneda
A medio siglo del Golpe de Estado en Argentina de 1976, la memoria vuelve sobre uno de los lugares más estremecedores del conurbano bonaerense: el Cementerio de Avellaneda.
Allí, en el sector 134, funcionó la que se considera la fosa común más grande del país dentro de un cementerio. En ese lugar, el Equipo Argentino de Antropología Forense recuperó los restos de 336 personas, víctimas del terrorismo de Estado.
Un circuito de la muerte oculto
Durante las madrugadas de la dictadura, un portón sobre la calle Oyuela se abría en silencio. Camiones del Ejército ingresaban marcha atrás, lejos de la vista pública, transportando cuerpos que serían enterrados en fosas comunes.
El objetivo era claro: ocultar, borrar, desaparecer.
Para facilitar este circuito clandestino, se construyó un muro de tres metros de alto y 30 de largo que aislaba el sector del resto del cementerio. El lugar fue identificado con un número preciso: 134.
Las llaves del portón y de la morgue lindera estaban en manos de fuerzas policiales y de inteligencia, vinculadas a centros clandestinos de detención de la zona, como el CCD conocido como El Infierno, que funcionó en Avellaneda.

La noche más oscura
En 1976, con la instalación de la dictadura, comenzó un período marcado por la persecución, el secuestro y la desaparición de personas. En una Avellaneda industrial, habitada por trabajadores y familias, el horror se desarrollaba a pocos metros de la vida cotidiana.
Mientras en los monobloques cercanos la vida seguía su curso, por las noches el cementerio se convertía en un espacio de ocultamiento sistemático.
Los cuerpos eran enterrados sin identificación, en fosas preparadas para garantizar el anonimato y la impunidad.

Memoria, verdad y justicia
Décadas después, el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense permitió recuperar esos restos y comenzar un proceso de identificación que sigue en curso.
Cada hallazgo representa una historia, una familia, una identidad recuperada.
A 50 años del golpe, el sector 134 del Cementerio de Avellaneda permanece como un sitio de memoria que interpela al presente.
Recordar no es solo un ejercicio del pasado: es una forma de sostener la verdad y la justicia.